Nadie medianamente sensato, pondría en duda que el mundo necesita urgentemente un nuevo modelo económico.
“Los científicos nos han advertido durante décadas que la contaminación están alcanzando proporciones devastadoras y que estamos extrayendo y utilizando demasiados recursos y a menudo más rápido que la capacidad de la Tierra para regenerarlos. Apenas podemos detener el calentamiento global. Nos estamos quedando sin petróleo barato y nos enfrentamos a desastres previsibles, generados por la deuda monetaria asociada a la codicia. Los modelos económicos del pasado están colapsando. Necesitamos una ciencia de la economía basada en la vida y en el estudio de la naturaleza”. 1

Se han adoptado muchas medidas importantes en el marco del movimiento en pro de la sostenibilidad y la ecología; pero, es preciso buscar soluciones que nos permitan dar un mayor salto adelante.

Cuando no es más que un nuevo reclamo publicitario, la economía verde requiere que las empresas inviertan más y los consumidores paguen más para conseguir lo mismo a cambio de preservar el medio ambiente. Esto es válido y justificado cuando la economía mundial está en proceso de expansión y el desempleo disminuye, o cuando los principales agentes del mercado cuentan con recursos financieros suficientes. Pero resulta difícil cuando la demanda desciende y la confianza del consumidor disminuye, y aún más difícil cuando las personas se percatan de que sus empleos corren peligro.

Aunque hayamos empezado a comprender la importancia de los procesos sostenibles, pocos saben cómo hacerlos económicamente viables, y son demasiados los que bajo la etiqueta sostenible intentan disfrazar más de la vieja economía. Con demasiada frecuencia en el movimiento en pro de la sostenibilidad, la sustitución de un producto o proceso por otro no ha tenido las consecuencias deseadas. La utilización del maíz como materia prima tanto para los biocombustibles como para los bioplásticos ha incrementado el costo del cereal, lo cual ha puesto en peligro la seguridad alimentaria para millones de personas, y ha estimulado a la industria a que adopte manipulaciones genéticas para obtener producciones estandarizadas y predecibles.

Que un producto sea biodegradable no significa que sea sostenible. La utilización del aceite de palma para jabones biodegradables en Europa ha destruido inmensas superficies de bosques pluviales en Indonesia. El apetito por los hongos shiitake, un delicioso y delicado sustituto de la proteína animal, ha incrementado la tala de árboles de roble, sobre los que se desarrollan.

Gunter Pauli, defensor de una economía “verde” durante 35 años de su vida profesional, piensa ahora que los productos ecológicos y la economía “verde” solo son para ricos y a menudo no son realmente sostenibles. Se define a sí mismo como un emprendedor sistémico, creó su primera empresa en Tokio en 1981 y le siguieron doce más. En 1992 creó Ecover, una empresa ecológica pionera, una de las primeras fábricas “verdes” del mundo; una fábrica de detergentes 100% biodegradables que ayudaría a limpiar los ríos europeos, considerada modelo mundial. Poco después iba a darse cuenta de que su proyecto “ecológico” estaba causando un tremendo daño al planeta. El principal ingrediente empleado era aceite de palma y la creciente demanda estaba causando la deforestación de miles de hectáreas de bosque tropical en Indonesia para la plantación de monocultivos de palma. Después de este duro golpe, dejó la empresa Ecover, y a los 37 años lo vendió todo para dedicarse al diseño de un nuevo modelo económico.

Pionero del concepto cero residuos, cero emisiones

Con el apoyo del gobierno japonés, y la Universidad de las Naciones Unidas (United Nations University) en Tokio, fundó en 1994 la Zero Emissions Research Initiative (Iniciativa e Investigación de Emisiones Cero), una red global para el intercambio de ideas científicas entre mentes creativas. Basado en esta organización se creó la ZERI Foundation, con el objetivo de encontrar soluciones sostenibles, inspiradas en la naturaleza, a los problemas de nuestra sociedad. “Tenemos que hallar la manera de satisfacer las necesidades básicas del planeta y todos sus habitantes : agua, alimentos, vivienda, salud, energía y trabajo, con lo que la Tierra produce”.

“La sostenibilidad es la capacidad de responder a las necesidades básicas de todos, con lo que hay; así es como funcionan los ecosistemas. Si empezamos a comprender y utilizar el ingenio, la economía y la simplicidad de la naturaleza, podremos emular la funcionalidad intrínseca de la lógica ecosistémica y lograr un éxito inalcanzable para las actuales industrias masivamente globalizadas”.

Comenzó a desarrollar el método que utiliza para crear sus proyectos. Lo llama “diseño de sistemas” y se inspira en los sistemas de la naturaleza donde nada se desaprovecha, donde el desecho de unos es el alimento de otros y donde no hay desempleo, porque todos los seres tienen su función.

En estas condiciones se desarrolló el proyecto “Nature’s 100 Best”. Un equipo de científicos se encargó de un análisis completo de tecnologías inspiradas en la naturaleza en artículos publicados por expertos. El equipo encontró más de 2.000, 340 de estas innovaciones han sido seleccionadas imitando los ecosistemas naturales y su eficiencia, las que tenían el potencial para cambiar rotundamente los actuales modelos de negocio. Alrededor de un tercio ya están implementadas, otro tercio existe como prototipo y el último tercio fue comprobado científicamente, pero es necesario investigar más para crear productos o servicios que se pueden comercializar.

Estas tecnologías fueron luego evaluadas por un equipo de estrategas de negocios, analistas financieros y profesionales de la administración y la gestión. Los criterios empleados fueron, entre otros, el estado de desarrollo del proyecto, el monto de capital intelectual invertido y la posibilidad de contribuir a alcanzar los Objetivos de desarrollo del Milenio de la ONU. Asimismo se tomaron en cuenta el número de empleos a crear y el lapso de tiempo dentro del cual se pudieran alcanzar los mercados de masa.

Las cien mejores ideas, se presentan en el libro “La Economía Azul. 1o años, 100 innovaciones, 100 millones de empleos, tienen elementos sistémicos, es decir resuelven más de un problema al mismo tiempo en vez de concentrarse en un solo aspecto. Con ellas se desarrolla un macro-modelo económico para los siguientes diez años, que genera empleo, establece capital social y guía a la economía y la sociedad hacia la sostenibilidad.

El modelo de Economía Azul está basado en los principios del pensamiento sistémico desarrollados, entre otros, por el filósofo de la ciencia, Fritjof Capra, a saber: redes, sistemas anidados, ciclos, flujos, desarrollo y equilibrio dinámico. De él aprendió que cuando aceptamos que queremos vivir dentro de la trama de la vida, tenemos que ajustar nuestras acciones. Mientras mucha gente lo puede considerar un límite, él rápidamente descubrió que era la gran oportunidad. La retroalimentación que en la naturaleza y en la trama de la vida es lo más normal no existe en el mundo de los negocios y Pauli se dedicó a traducir esta lógica del ecosistema al mundo empresarial

El libro de cabecera de Pauli para desarrollar su modus operandi ha sido “Los cinco reinos de la naturaleza” de la bióloga Lyn Margulis. En él, Margulis explica cómo la naturaleza realiza la autopoiesis, (un sistema capaz de mantenerse y reproducirse por sí mismo), y lo hace produciendo nutrientes en un sistema que integra las interacciones entre los 5 reinos naturales: bacterias, algas, hongos, plantas y animales. Cualquier proceso vivo genera residuos y los entrega a otro reino que lo utiliza como alimento. El árbol entrega sus hojas a las bacterias y hongos. El deshecho del animal es alimento para las bacterias. El deshecho de la bacteria es alimento para el alga. Este principio aplicado al mundo empresarial nos indica que un negocio sistémico es un sistema que con los residuos produce una cascada de nutrientes, materia y energía y elimina lo innecesario, con el objetivo de generar mayor valor añadido, integrando los diferentes niveles.

Veamos un ejemplo : al fabricar cerveza, solo se emplea el almidón de la cebada y se desecha la proteína y la fibra, es decir, ¡el 92 % de la biomasa del cereal se va a la basura!.  “Si aplicamos la manera de funcionar de los ecosistemas a nuestro negocio, lo primero que haremos será preguntarnos ¿Quién está interesado en comerse estos desechos? Y pronto averiguaremos que las setas digieren la fibra y producen más proteína que, por cierto, es ideal para los cerdos, que a su vez generan excrementos que producen biogás. Y el pH del excremento del animal genera lodo que es ideal para alimentar a las algas. Con los desperdicios de nuestra industria cervecera hemos producido setas, cerdos, biogás y algas. Nuestro negocio ha dejado de ser lineal y además de ser más rentable ya no produce desperdicios y genera más empleo. Estamos en el camino de la sostenibilidad y somos más competitivos”.

Otro ejemplo muestra la manera en que el exceso de un subproducto puede convertirse de contaminante en recurso. En Porto Alegre (Brasil) se reorienta el CO2 emitido por la central termoeléctrica local de carbón para alimentar algas de espirulina y de esa manera producir suplementos ricos en proteínas y biocombustibles cosechados de manera sostenible. Los costos de inversión adicionales resultan bajos por cuanto el estanque de retención de agua caliente de la central proporciona la infraestructura necesaria. Reúne todos los ingredientes que la convierten en un negocio verdaderamente sostenible: genera empleo, absorbe emisiones contaminantes, apoya las energías renovables y aporta capital social. “Cuando operas dentro de un sistema tienes la posibilidad de ser generoso y ofrecer componentes de alto valor añadido gratis”, explica Pauli. En este caso, una parte de la espirulina producida, en lugar de usarse para fabricar biocombustibles, se entrega a los habitantes de la zona como suplemento alimenticio para acabar con la malnutrición bajo el paraguas de los planes del Gobierno Brasileño para acabar con el hambre en el país.

1. de Celebrar la crisis: hacia una cultura de la cooperación de la bióloga evolucionista Elisabet Sahtouris. Capítulo de A New Renaissance: Transforming Science, Spirit & Society, Floris Books, London, 2010

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