Para Alfred W. Crosby, autor del libro, la conquista europea del mundo no sólo fue gracias a la fuerza de las armas, sino sobre todo por la “conquista ecológica”, es decir el triunfo de las especies vegetales y animales y de los gérmenes europeos en los nuevos territorios descubiertos por el hombre blanco. Esa rápida adaptación, fruto de la ausencia de competidores biológicos en América, Australia o Nueva Zelanda, llevó a una expansión sin precedentes, modificando el paisaje y adecuando el territorio al asentamiento definitivo de los colonos europeos.

Crosby se atreve a ir muy lejos en el tiempo. Incluso en fechas tan lejanas como la separación en diversos continentes de Pangea, la gran masa de tierra firme que gracias a la deriva de las placas tectónicas acabaría convirtiéndose en los diversos continentes actuales. La separación definitiva crearía en las diversas zonas biotas diferenciadas, con ecosistemas aislados unos de otros. La expansión humana posterior, realizada a lo largo de los siglos, crearía sociedades diferentes, no solo desde el punto de vista técnico y cultural, sino también desde el punto de vista ecológico. En ese sentido, destaca la Revolución Neolítica, surgida de forma temprana en el Creciente Fértil para luego expandirse con celeridad por todo el continente euroasiático. Una Revolución que, o bien no se produjo en otros continentes, o bien fue muy tardía, lo que provocó que el europeo estuviera más acostumbrado a la transformación del medio natural y que en las “Nuevas Europas” (como llama Crosby a los territorios colonizados) hubiera una densidad demográfica menor y, por lo tanto, menos acostumbrada a enfermedades epidémicas o pandemias.

El análisis de Crosby es brillante, tanto en su idea principal como en su desarrollo, convirtiendo un libro de historia en una aguda reflexión sobre los agudos cambios naturales de la colonización. Para ello analiza el papel de las llamadas “malas hierbas”, como la ortiga o el diente de león, cuya expansión súbita por tierras americanas o australes no solo eliminó cualquier competidor extraño a los europeos, sino también ayudó a adecuar la tierra a cultivos propios de Europa y a la adaptación exponencial de ganado procedente de Occidente. De ahí al asentamiento de colonos blancos hay solo un paso, y con ellos llegarían las luchas armadas por un territorio que los europeos ya habían colonizado desde un punto de vista biológico. Los gérmenes de los recién llegados serían de una gran ayuda para el contagio de grandes poblaciones indígenas y su exterminación, unos gérmenes a los que los europeos ya estaban adaptados por partir de una zona del mundo de gran densidad poblacional.

imperialismo ecologico

La panorámica cronológica del libro es también de gran ayuda para comprender mejor lo que supuso el descubrimiento por parte de los europeos de la Terra Incognita, aquellos nuevos parajes repletos de fauna y flora tan diferente. Los primeros capítulos nos narran las primeras incursiones de normandos en Islandia, Groenlandia y Terranova, ya en América, primer intento de colonización europea fuera del continente saldado con un sonoro fracaso a causa del desconocimiento de los vientos del Atlántico y de la precariedad técnica frente a los elementos naturales y humanos recién descubiertos. Posteriormente Crosby entra de lleno en las Cruzadas, primer asentamiento estable de europeos en Asia Menor, cuyo corto alcance fue debido sobre todo al hecho de ser una zona ricamente poblada y con una biota y un ecosistema plenamente adaptados a los grupos humanos que ya lo habitaban. De hecho, la gran problemática de los cruzados francos fueron las enfermedades adquiridas allí y la imposibilidad de adaptar flora y fauna europea a los nuevos territorios conquistados por la fuerza de las armas. Por último, y como prolegómeno de su análisis de la conquista europea de América y las antípodas, el autor hace hincapié en los primeros asentamientos estables en el Atlántico, concretamente en las islas Azores, Madeira y las Canarias, que son vistos como banco de pruebas en la transformación del medio al gusto europeo y el exterminio de las poblaciones autóctonas a causa sobre todo de las enfermedades y los gérmenes del hombre blanco en zonas insulares y aisladas de cualquier contaminación biológica. Como afirma Crosby en su libro, al explicar el fin de multitud de civilizaciones a manos europeas: “El origen de la debilidad de casi todos los pueblos que padecieron la usurpación de los europeos […] (amerindios, aborígenes australianos, etc.), se hallaba en la enorme distancia que sus antepasados habían establecido entre ellos y los focos donde habrían de incubarse las civilizaciones del Viejo Mundo.”

Y no obstante, Crosby no deja de sentirse fascinado por el arrojo de multitud de marinheiros que se echaron a la mar buscando nuevas costas y nuevos mundos. Unos navegantes cuya mayor virtud fue comprender al fin el mundo como una globalidad y el océano como un lugar de rutas y vientos cíclicos que podían ser previstos. El encuentro entre europeos y amerindios o aborígenes australianos supondría una revolución cultural de primer orden, pero también un cambio radical en los ecosistemas precedentes, del que los llamados “perdedores de la Historia” formaban parte esencial. América, Australia o Nueva Zelanda acabaron siendo transformadas de arriba abajo gracias a la acción exponencial de plantas, animales y microrganismos europeos que invadieron las tierras descubiertas y que convirtieron aquellos lugares lejanos en una Nueva Europa hasta el día de hoy. El resultado final estuvo repleto de muerte, enfermedad y conquista, pero el estudio de Crosby es quizás el primero en analizar sus causas desde una perspectiva esencialmente ecológica, incluyendo al ser humano en la historia de sus ecosistemas e hilvanando un texto que no por ameno y divulgativo deja de ser maravillosamente riguroso.

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