Enric Sala, biólogo marino catalán, elegido Explorador Residente de la Sociedad National Geographic por su proyecto de conservación marina, es el primer español que accede a la máxima categoría de investigación de la prestigiosa organización estadounidense. La posición de Explorador Residente, equivalente a una cátedra, deja plena libertad a los investigadores para trabajar en lo que consideren más interesante.

Nacido en Girona en 1968, Sala se doctoró en Ecología en la Universidad de Aix Marseille (Francia) antes de ir al Instituto Scripps de Oceanografía de California, uno de los centros de estudio de los océanos más grande del mundo, donde dictó clases durante diez años. Regresó a España en el 2006 como investigador del CSIC, pero en el 2007 volvió a marcharse al ser admitido en el programa de Jóvenes Exploradores de National Geographic.

“Cuando era pequeño y vivía en la Costa Brava veía los documentales de Jacques Cousteau. Él mostraba una abundancia marina increíble, pero yo no veía nada de eso nadando en el Mediterráneo. Ni meros, ni tiburones. Yo pensaba que en el Mediterráneo sencillamente no había. Hasta que nadé en la reserva marina de las islas Medas. De repente vi todos esos peces que Cousteau enseñaba, me di cuenta de que así era toda la costa antes de que la degradáramos. La segunda epifanía sucedió mucho más tarde, cuando estaba trabajando en San Diego (EEUU). Me harté de visitar lugares degradados, de escribir la esquela de los espacios marinos, y decidí que quería ver cómo era el océano antes”.

Tras varios años y muchos viajes de exploración sostiene que “la vida en los océanos es más rica y está más alterada de lo esperado”. En uno de ellos comprobó horrorizado que “el Mediterráneo ha perdido entre el 80 y el 90% de su biomasa, que el 99% de los tiburones han desaparecido, apenas quedan 5.000 focas monje y ya no crece el coral rojo en los primeros 80 metros de profundidad”.

“En mi primer viaje con ayuda de National Geographic, visité las islas del norte del archipiélago de la Línea, (un archipiélago al sur de Hawai), y vi un montón de tiburones. Y decidí seguir explorando lugares prístinos para poder enseñar al público cómo era el océano antes y así poder calcular la magnitud de todo lo que hemos perdido. Las flotas pesqueras del mundo están llegando a todas partes y éstas son las últimas joyas que quedan. Son como máquinas del tiempo; un punto de referencia para desarrollar las políticas de conservación”.

Actualmente Salas dirige el proyecto Pristine Seas, de National Geographic, que impulsa la creación de áreas protegidas, con el objetivo de conservar los últimos lugares salvajes del mar.
El proyecto ha conseguido ya dos grandes éxitos con la decisión de Chile de crear un parque marino de 150.000 kilómetros cuadrados en la provincia de la isla de Pascua, una superficie protegida mayor que Andalucía, Cataluña y Galicia juntas, y con la decisión de Costa Rica de proteger un área de 10.000 km2 alrededor de la isla del Coco. También presentó a la Casa Blanca la idea de crear un gran santuario marino en el océano Pacífico. Poco después, EE UU anuncia en junio 2014, la ampliación de un área del Pacífico cerrada a la pesca y la exploración de energía de 225.300 kilómetros cuadrados, a más de dos millones.

En tiempos en que los problemas del mar y la pesca se intentan solucionar con más esfuerzo pesquero y subvenciones a la sobrepesca, asegura convencido que si se crean más reservas en los mares, es posible salvar miles de especies.

“Sala es un científico poco frecuente que combina la investigación con una comunicación eficaz con el objetivo de inspirar a los líderes para proteger el océano”, destaca National Geographic en un comunicado.

Su objetivo es llamar la atención de la ciudadanía sobre la necesidad de proteger la riqueza de los océanos. En una entrevista, aseguró que “lo único malo es que la gente cree que los vertidos de crudo son la peor amenaza, cuando en realidad el mayor problema es la pesca, que ha acabado con el 90% de los grandes depredadores del mar. “Nos los hemos comido. Al ritmo que va, el Mediterráneo, por ejemplo, se convertiría en una sopa de medusas y microbios”.

Invertir en el mar

Ya en 2o10 escribe : “El mar es como una cuenta corriente, donde todos sacan, pero nadie realiza ningún ingreso; llegará un momento, que quedará dinero en la cuenta. El 90 por ciento de los grandes peces depredadores – tiburones, atunes, pez espada – se han eliminado, y un tercio de todas las pesquerías se han colapsado desde 1950. Si continuamos a este ritmo, los estudios científicos indican que el resto de pesquerías podrían colapsarse antes de 2050. Tras el colapso de las pesquerías, los puestos de trabajo de las que dependen también desaparecerán”.

“El mar necesita una fuerte inversión. En lugar de cuentas corrientes donde sólo se extrae, necesitamos cuentas de ahorro donde se preserva un capital que produce intereses de los que podemos ir viviendo. Las reservas marinas – el equivalente de parques nacionales en el mar, donde no se permite la pesca de ningún tipo – son el equivalente de esas cuentas de ahorro.
En la reservas marinas, la vida marina se recupera de manera espectacular. La vida vuelve en cuanto se deja a la naturaleza tranquila. En la reserva marina de las Islas Medes en la Costa Brava, protegida desde 1983, hay entre 5 y 10 veces más peces que en cualquier otro lugar de la costa catalana no protegida. Yo buceo en las Islas Medes desde hace 25 años, y he visto crecer a esos meros enormes que ahora atraen a buceadores, bañistas, y turistas de toda Europa para observar lo que ya no queda casi en ningún otro lugar del Mediterráneo. A pesar de que la reserva ocupa menos de un kilómetro cuadrado (94 hectáreas), ésta aporta 6 millones de euros al año a la economía local a través de esos visitantes; lo que significa 20 veces más que los ingresos de la pesca, y crea muchos puestos de trabajo. Y eso representa el 88% de todas las ganancias por turismo. Así que estos lugares no sólo ayudan al ecosistema sino también a la gente que puede beneficiarse del ecosistema”.

“Un joven pescador, que además también es biólogo, me contaba este verano que la reserva de las Islas Medes les ayuda en la pesca. Escuché el mismo testimonio en la reserva de Scandola, en Córcega, donde un pescador local pedía que la reserva se ampliara porque, según su experiencia, sin la reserva no quedaría ningún lugar que produzca suficientes peces para que su hijo pueda seguir con la tradición familiar. Si los pescadores profesionales se benefician, también pueden beneficiarse los pescadores deportivos.

En las Islas Columbretes, otra reserva marina en la costa de Castellón, entre un 4 y un 7 por ciento de sus grandes langostas se desplazan fuera de la reserva cada año, lo cual compensa la pérdida de capturas producida por la creación de la reserva y resulta en un beneficio para los pescadores.

Estas cuentas de ahorro marinas funcionan para los peces, los pescadores, y el sector turístico. Pero, incomprensiblemente, menos del uno por ciento de las aguas españolas está protegido en reservas marinas. Si las reservas funcionan tan bien para todos, ¿por qué tenemos tan pocas y pequeñas? El argumento clásico es que crear reservas desplaza a los pescadores, y que no tenemos los recursos para compensarlos. Pero esta excusa es una falacia. En primer lugar, en España todavía se puede pescar en más del 99% de sus aguas.

En segundo lugar, esos recursos existen. Entre 2000 y 2006, el Gobierno español destinó más de 2000 millones de euros a subvenciones a la pesca, más de la mitad de los cuales se invirtieron en prácticas que perpetúan la sobrepesca. Estas subvenciones incluyen ayudas a la construcción y modernización de barcos, subvenciones al combustible, y reducción de impuestos. Por una fracción de estas subvenciones “perversas” se podría crear y mantener una red de reservas marinas cubriendo hasta el 20 por ciento de las aguas españolas. Esta inversión incluiría la reconversión de pescadores en trabajos relacionados con la gestión de las reservas y ayudas a la reducción de la sobrecapacidad pesquera. En las zonas costeras, las reservas podrían ser sustentables en pocos años gracias a los ingresos turísticos, con lo que las ayudas del Estado podrían disminuir con el tiempo.

Según los estudios científicos, una red de reservas sería como un seguro de vida para la vida marina. Las reservas no son la panacea, pero son una herramienta muy necesaria para complementar una política pesquera que debería ser más sostenible que la actual. Si no, se seguirá erosionando esa cuenta corriente donde ya nos queda muy poco capital”.

Desde que vio por primera vez un arrecife de coral virgen en medio del Pacífico, y luego de comprobar la tragedia del Mediterráneo, Salas se ha dedicado a redoblar sus esfuerzos e intensificar sus programas de conservación con National Geographic. ”La ciencia sola no va a proteger el mar. Necesitamos el esfuerzo de todos y mi deber es llevar el conocimiento científico a quienes toman las decisiones para que cambien las cosas”. Para ello se ha instalado en Washington porque “aquí están las sedes de las grandes oenegés, las embajadas, el Banco Mundial… Es el lugar ideal para hacer networking”. Lo único que echa de menos, paradójicamente, es el mar. “Estoy en el mar tres meses al año. Es menos de lo que me gustaría, pero para proteger el mar hay que estar en tierra”.

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