El ecologismo popular

Joan Martínez Alier y Ramachandra Guha, desarrollaron la tesis del “ecologismo de los pobres” o el “ecologismo popular”. En ella se plantea que existe una corriente de movilización originada en conflictos ambientales producidos por el crecimiento económico que conlleva la extracción de recursos, la expansión de vertederos y el riesgos de contaminación para quienes la naturaleza es la base material de su sustento (Guha y Martínez Alier 1997).

Joan Martínez Alier, impulsor de las ideas del “ecologismo de los pobres”, es uno de los principales estudiosos de los conflictos socioecológicos. Un fenómeno hasta ahora poco estudiado y que solo recientemente empieza a contemplarse como una categoría con entidad propia dentro de la conflictividad social.

“Como nos indica la economía ecológica, la economía humana es en realidad un subsistema abierto (que intercambia materia y energía con el entorno) dentro de un sistema físico y biológico mucho más amplio: la biosfera. La economía obtiene recursos de la naturaleza, a menudo los explota más allá de su capacidad de regeneración, y produce muchos residuos, a menudo nocivos o peligrosos. Los perjudicados no sólo son las otras especies y las próximas generaciones (que no pueden protestar) sino que muy a menudo son también gente pobre, que protesta e intenta defender sus derechos.

La ecología política percibe los conflictos distributivos ecológicos. Trata temas como el comercio ecológicamente desigual, la deuda ecológica del Norte con el Sur, las deudas ambientales de las empresas papeleras, mineras, petroleras… por los daños que han producido, la apropiación indebida del conocimiento indígena : la biopirateria, el manejo de las incertidumbres científicas o el papel de los movimientos ecologistas (tan distinto en América Latina y Europa).

Para algunos, el ecologismo sería únicamente un nuevo movimiento social propio de sociedades prósperas, típico de una época posmaterialista. Pero hay que rechazar esa interpretación. En primer lugar, el ecologismo –con otros nombres– no es nuevo. Hay casos históricos de resistencia antes de que se utilizara la palabra ecologismo. Por ejemplo, en la minería de cobre en Ashio (Japón) hace más de cien años o en Huelva contra la contaminación causada por la empresa Río Tinto que culminó en una matanza a cargo del ejército el 4 de febrero del 1888.
En segundo lugar, las sociedades prósperas, lejos de ser posmaterialistas, consumen cantidades enormes y crecientes de materiales y energía y, por tanto, producen cantidades crecientes de desechos, ya sea a causa de la propia producción o, en parte, como consecuencia de los intercambios comerciales. De hecho, la economía mundial no se “desmaterializa”. Al contrario. Se saca siete veces más carbón en el mundo hoy que hace cien años, aunque en Europa haya bajado la extracción de este material.

La deuda ecológica

No nos estamos desmaterializando. En la economía humana aumenta el consumo de biomasa, de combustibles fósiles, de minerales. Producimos residuos como el dióxido de carbono, los residuos nucleares, los plásticos… También ocupamos más espacio, destruyendo ecosistemas y arrinconando a otras especies. Por tanto aumentan los conflictos ecológico-distributivos.
Comprobamos que hay un desplazamiento de los costes ambientales del Norte al Sur.  EEUU importa más de la mitad del petróleo que gasta. Japón y Europa dependen físicamente aún más de las importaciones. Al hacer los cálculos de flujos de materiales, se observa que América Latina está exportando seis veces más toneladas que importa (minerales, petróleo, carbón, harina de pescado, soja…), mientras la Unión Europea funciona al revés, importamos cuatro veces más toneladas que exportamos. Eso lleva a la idea de que existe un comercio ecológicamente desigual. La misma desigualdad observamos en las emisiones de dióxido de carbono, causa principal del cambio climático. Un ciudadano de EEUU emite 15 veces más en promedio que uno de la India.

Los balances y las cuentas de resultados de las compañías petroleras, mineras y madereras no incluyen estas deudas ambientales. Por ejemplo, en Ecuador hay pasivos ambientales no compensados por la exportación de flores, por la exportación de bananos, por la exportación de camarones y la destrucción de manglares, por los daños causados por plantaciones de eucaliptos para la exportación.

Conflictos ecológicos y justicia ambiental

Las fronteras de extracción de materias primas y recursos energéticos se adentran cada vez más en los últimos espacios naturales y en zonas donde hasta ahora existia la economía campesina de subsistencia; están llegando a los últimos confines de la Tierra. La frontera del petróleo ha llegado hasta Alaska y la Amazonía. Pero en todos los lugares del mundo hay resistencias. Podemos llamarlas ecologismo popular, ecologismo de los pobres o movimiento de justicia ambiental. Las comunidades se defienden. Existen movimientos populares de los afectados por la construcción de grandes presas en América Latina, en India… Hay conflictos en la minería de cobre, de uranio, de carbón, del oro, en la extracción y transporte de petróleo… A menudo las mujeres están al frente de esas luchas, como en muchos casos alrededor del mundo en defensa de los manglares contra la industria camaronera de exportación. Los consumidores de camarones no saben ni quieren saber de dónde viene y las consecuencias de lo que comen. Lo mismo ocurre en la minería.

Las comunidades se defienden apelando a los derechos territoriales indígenas bajo el convenio 169 de la Organización Internacinal del Trabajo (OIT), como en junio de 2005 en Sipakapa (Guatemala). Vemos en muchos lugares del mundo surgir reclamaciones contra empresas bajo la Alien Tort Claims Act (ATCA) de EEUU, como fue el caso de la Southern Peru Copper Corporation. En la Amazonía hay comunidades que resisten contra las empresas petroleras como Texaco, Repsol u otras. Un caso judicial enfrenta a comunidades indígenas y colonos de la Amazonía norte de Ecuador a la compañía Texaco (ahora Chevron) desde 1993, y otro caso judicial enfrenta a indios peruanos Achuar contra Oxy.

Además de usar los océanos y la atmósfera como sumidero o depósito temporal gratuito de dióxido de carbono, los países del Norte también recurren, cuando pueden, a la exportación de residuos tóxicos

Estos movimientos sociales relacionados con la supervivencia, son en realidad movimientos ecologistas –cualquiera que sea el idioma en que se expresan– en cuanto que sus objetivos son definidos en términos de las necesidades ecológicas para la vida: energía (incluyendo las calorías de la comida), agua, espacio para albergarse. También son movimientos ecologistas porque tratan de sacar los recursos naturales de la esfera económica, del sistema de mercado generalizado, de la pretendida racionalidad mercantil y de la valoración crematística.

Este ecologismo de los pobres, que pocos habían advertido hasta el movimiento chipko en el Himalaya en la década de 1970 y el asesinato de Chico Mendes en Brasil a finales de 1988, es una realidad que se extiende. La necesidad de supervivencia hace a los pobres conscientes de la necesidad de conservar los recursos naturales de los que dependen. Esta consciencia no utiliza el lenguaje de la ecología científica, sino lenguajes locales como los derechos territoriales indígenas o incluso lenguajes religiosos en defensa de la Madre Tierra.

Puede parecer que la incidencia de este ecologismo de los pobres es sólo local, pero también comprende aspectos internacionales. Los daños de la exportación de petróleo, fosfatos y gas de África a Europa, también del guano y la harina de pescado de Perú y del quebracho colorado de Santa Fe y el Chaco (Argentina), la vorágine del caucho o de la soja, hoy en día están presentes en la conciencia popular. El sacrificio de la seguridad alimentaria, ya sea por las exportaciones de productos para el primer mundo a costa de la producción local o por la importación de alimentos que arruina la agricultura campesina, también lo está.

Por ejemplo, en los últimos años, se ha criticado la agricultura moderna y, en general, la economía actual, porque implica un gasto de combustibles fósiles, una contaminación del ambiente y una pérdida de biodiversidad mayor que la agricultura tradicional y que la economía preindustrial. Esa corriente enlaza con la nueva economía ecológica y enlaza también con el ecologismo espontáneo de los pobres. En países con importante presencia campesina, la crítica ecológica de la agricultura moderna desemboca actualmente en el movimiento de la Vía Campesina.

El metabolismo de las sociedades ricas no se podría sostener sin conseguir a precios baratos los recursos naturales de los proveedores de materias primas. Esas exportaciones baratas del Sur se consiguen pagando poco (ya que en general los pobres venden barato) y prescindiendo de los costos ambientales. Además, la capacidad de exigir los pagos de la deuda externa, ayuda a los países ricos a forzar a los pobres a la exportación de recursos naturales baratos.

Últimante existe una nueva institución: el referéndum ambiental local. Parece haber nacido en Tambogrande, en Piura (Perú), en 2000-2002, aunque debe haber antecedentes en otros lugares. Fue inmediatamente adoptado en Esquel, Argentina, también en un caso de minería de oro. Y en septiembre de 2007, en Carmen de la Frontera, Ayabaca, y Pacaipampa, en el norte de Perú, el proyecto de minería de cobre Río Blanco de la minera Majaz fue derrotado en un referéndum local.

Hay quien no entiende el carácter estructural de estas protestas. Creen que son protestas “no en mi patio”, cuando son manifestaciones locales del movimiento internacional por la justicia ambiental. Hay redes nacionales (como la Conacami en Perú) o redes internacionales que surgen de estas protestas. Por ejemplo, la red Oilwatch, que nació en 1995 de experiencias en Nigeria y sobre todo en Ecuador”.

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