En su libro Nuestro veneno cotidiano. La responsabilidad de la industria química en la epidemia de las enfermedades crónicas, Barcelona, Península, 2o12; la periodista francesa especializada en agroalimentación, Marie-Monique Robin, asegura que “la cadena de alimentación está contaminada“.   Ver documental

El libro es el resultado de una investigación sobre las sustancias químicas que nos envuelven, iniciada en 2004. “En aquel momento, mi inquietud se centró en las amenazas que recaían sobre la biodiversidad: en dos documentales acerca de las patentes sobre la vida y de la historia del trigo, me referí al modo en que ciertas multinacionales obtenían patentes indebidas sobre las plantas y los saberes prácticos propios de los países periféricos. En el mismo momento, me encontraba filmando un reportaje en Argentina que trazaba un balance (desastroso) de los cultivos de soja transgénica. Durante la realización de estos tres documentales, viajé a lo largo y a lo ancho del planeta, preguntándome acerca del modelo agroindustrial implementado hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, y que enarbolaba el objetivo de ‘alimentar al mundo’.
También advertí que la famosa ‘revolución verde’ acarreaba un empobrecimiento de los recursos naturales (calidad de los suelos, agua) y una contaminación generalizada del medio ambiente, debido al uso masivo de productos químicos.
¿Monsanto constituye una excepción en la historia industrial o, por el contrario, su comportamiento criminal es característico de la mayoría de los fabricantes de productos químicos? En relación con esto, me preguntaba cómo se evalúan y reglamentan las aproximadamente cien mil moléculas químicas de síntesis que han invadido nuestro medio ambiente y nuestra mesa desde hace medio siglo. Finalmente, ¿existe un vínculo entre la exposición a estas sustancias químicas, y el aumento espectacular de cánceres, enfermedades neurodegenerativas, trastornos de la reproducción, diabetes u obesidad que se registran en los países ‘desarrollados’, a tal punto que la Organización Mundial de la Salud (OMS) habla de ‘epidemia’ ?.
Por último, El veneno nuestro de cada día es el fruto de una convicción que quisiera transmitir: es necesario reapropiarse del contenido de nuestra alimentación diaria, recuperar las riendas de lo que comemos, para que dejen de infligirnos pequeñas dosis de distintos venenos sin ningún beneficio.
Ahora bien, para poder criticar las (múltiples) fallas de este ‘sistema’ y exigir su revisión absoluta, hay que comprender cómo funciona. En este sentido, saber es poder”.

En su anterior trabajo El Mundo según Monsanto, un documental de 2008 y un posterior libro del mismo nombre traza la historia del principal fabricante de organismos genéticamente modificados (OGM), cuyos granos de soja, maíz y algodón se propagan por el mundo pese a las alertas de científicos y ecologistas. En él denuncia los efectos nefastos que provocan los productos agroquímicos y las semillas de soja transgénica que comercializa la empresa más grande del mundo en el sector.

También retrata los efectos en la salud humana de la utilización del Roundup, un herbicida del que se sospecha que produce cáncer. En síntesis, expone la cara más oscura de la lógica económica neoliberal, a través de la realidad agrícola de América del Norte y del Sur.

Monsanto es el primer productor mundial de semillas de soja, maíz, algodón y el mayor productor de agroquímicos del mundo. Quien dice semilla, dice Monsanto, pero también dice alimentos. Monsanto fabricó y patentó las semillas de soja genéticamente modificadas (semillas transgénicas), para resistir agroquímicos e inclemencias climáticas.
Es la empresa norteamericana que maneja el mercado mundial de la soja. Fue fabricante del PCB (piraleno), del agente naranja usado como herbicida en la guerra de Vietnam y de hormonas para el incremento de la producción láctea prohibidas en Europa. Ocultó durante 50 años que el PCB era cancerígeno.

La investigación, de tres años, se basó en miles de documentos oficiales y publicaciones científicas. Las pesquisas llevaron a la autora, a recorrer muchos países, cotejando las virtudes proclamadas de los OGM con las realidades de campesinos hundidos por las deudas con la multinacional, con las de personas que sufren problemas de salud trabajando o viviendo en la proximidad de las plantaciones. Y con las variedades originales de granos amenazadas por las especies transgénicas.

James Maryanski, ex coordinador de biotecnologías de la Food and Drug Administration (FDA) de Estados Unidos, reconoce que la autorización de comercialización de los OGM en 1992 fue “política”, dado que la cuestión estaba todavía en plena discusión.

En un capítulo, titulado “Paraguay, Brasil, Argentina: la república unida de la soja”, relata el comienzo de ese cultivo en estos países, que figuran hoy entre los mayores productores del mundo, a través de una política de hechos consumados que obligó a las autoridades de esos países a legalizar centenares de hectáreas plantadas con granos contrabandeados. La legalización benefició obviamente a Monsanto, que pudo cobrar así las royalties por su producto.

“No se trata de una película o un libro contra los OGM, sino de una pieza importante del dossier” sobre el tema, declaró el líder ecologista Nicolas Hulot, una de las personalidades más respetadas de Francia.

En el nuevo libro El Veneno Nuestro de Cada Día de esta investigadora. analiza con detalle las moléculas químicas a las que estamos expuestos en nuestro entorno cercano y en nuestra alimentación.
Las analiza, según explica en una entrevista, partiendo de “lo más simple y de lo menos discutible”, como las “intoxicaciones agudas y después crónicas de los agricultores expuestos directamente a los pesticidas” * hasta llegar a lo más complejo: los efectos a dosis pequeñas de los residuos de productos químicos que “todos tenemos en el cuerpo”.

Dos años de investigaciones por Asia, Norteamérica y Europa, testimonios de expertos, multitud de informes de miembros de agencias de regulación alimentaria y estudios científicos avalan este nuevo trabajo, en el que la periodista sostiene que miles de moléculas químicas han invadido nuestra alimentación desde la Segunda Guerra Mundial y que “solo un diez por ciento de ellas ha sido estudiadas seriamente“.

“Esta invasión química está vinculada al desarrollo de la sociedad de consumo, que ha provocado la salida al mercado de miles de productos de consumo corriente cuya fabricación o transformación se basa en unos procesos químicos cuya toxicidad está muy mal evaluada”.

Una crítica que realiza Robin tras analizar el sistema de evaluación de los productos químicos tal como lo practican las agencias de reglamentación nacionales o europea, como la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), que se basan en el principio de Paracelso, el médico suizo del siglo XVI que afirmó que solo la dosis hace el veneno.
Inspirándose en este principio, según cuenta la autora, las agencias de reglamentación desarrollaron una norma llamada ingesta diaria admisible (IDA), que “es la dosis de veneno químico que se supone que podemos ingerir cada día sin enfermar”. Esta IDA es “un engaño que no protege a los consumidores, sino a los fabricantes“, según la autora de El mundo según Monsanto, un ensayo sobre esta multinacional de semillas transgénicas a la que acusa de practicas “mafiosas”.

¿Y cómo afecta esta “invasión” a nuestro cuerpo? Para responder a esta pregunta Robin parte por explicar qué son lo que los científicos llaman “perturbadores endocrinos”, una clase de productos químicos que es particularmente peligrosa, unas moléculas químicas que son hormonas de síntesis o que imitan la acción de las hormonas naturales.

“Están en todas partes, como el bisfenol A en los biberones, en los recipientes de plástico duro o en las latas de conservas, los ftalatos en los plásticos blandos o el PFOA en las sartenes antiadherentes (teflón), los cosméticos, los detergentes, y, por supuesto, los pesticidas”, según la especialista.

Estas hormonas de síntesis tienen la capacidad de actuar a unas dosis “infinitesimales, muy inferiores a la IDA y desempeñan un papel particularmente nocivo en relación a los embriones y fetos”.

“Miles de estudios llevados a cabo en animales -prosigue- demuestran que llevan a cánceres que depende de las hormonas (de mama, próstata, testículos), a problemas reproductivos (esterilidad, malformaciones congénitas), de diabetes o de obesidad en adultos que estuvieron expuestos en el vientre de su madre”.

En el caso de estas moléculas, según la periodista, no es “la dosis la que hace el veneno”, sino el momento de exposición. “La epidemia del cáncer no se debe al envejecimiento de la población. Las estadísticas demuestran que la tasa de incidencia aumenta en todas las franjas de edad, tanto en los jóvenes como en las personas mayores. Por lo tanto, estamos ante una auténtica ‘epidemia’, por retomar las palabras de la OMS”.

Esta epidemia, a su juicio, se debe al “medio ambiente y al modo de vida”, como dice que le explicó Christopher Wild, director del Centro Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC, en sus siglas en inglés), que depende de la OMS. En los últimos 30 años, tal y como señala, el índice de cáncer ha aumentado más de un 40% y el incremento de enfermedades como la leucemia y los tumores cerebrales en niños ha sido aproximadamente del 2%.

Además, en los países desarrollados, también se han multiplicado los problemas de origen neurológico (Parkinson y Alzaheimer) y las disfunciones en la reproducción.

Ante esta situación, Robin urge a tomar medidas para prohibir estos “perturbadores endocrinos”, que “tienen además la capacidad de interactuar en nuestros organismos a unas dosis extremadamente bajas”, como los residuos de pesticidas que se encuentran en la fruta o la verdura.

Mientras se espera a que se retiren del mercado cientos de moléculas “extremadamente tóxicas, lo mismo que muchos pesticidas”, habría que informar, según Robin, a las mujeres embarazadas para que eviten todos los alimentos procedentes de la agricultura química o los productos transformados de la industria agroalimentaria, o los cosméticos no biológicos (en particular los desodorantes).

¿Qué podemos hacer para liberarnos de esta contaminación química?: Robin lo tiene claro, fomentar una transición generalizada a la agricultura biológica”. “Hay que comer productos bio, y sobre todo los niños más pequeños”, concluye.

Como vemos, a pesar de determinados avances en algunos aspectos, entre ellos que existe y circula una mayor información al respecto; la situación actual es globalmente mucho peor que la denunciada por Rachel Carson en 1962. Por ello, aumentan en el mundo, especialmente en América Latina, las campañas de denuncia y protesta de cientos de organizaciones campesinas y ciudadanas contra los agrotóxicos y los transgénicos.

* La OMS, en 1990, nos advirtió que cada año mueren 220.000 personas en el mundo a consecuencia de la intoxicación aguda de pesticidas, entre uno y dos millones de envenenamientos involuntarios por la pulverización de los mismos y otros dos millones de intentos de suicidio de campesinos arruinados. Asimismo, quinientos millones, principalmente campesinos u obreros del campo, son víctimas de intoxicaciones “menos graves”. OMS, “Public health impact of pesticides used in agriculture”, Ginebra, 1990.

M.M Robin, en una entrevista al que fue director de IARC (Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer de la OMS) en 2010, Vincent Cogliano, obtuvo la siguiente respuesta: “de los 100.000 productos que usted ha mencionado, solo unos 3.000 han sido testados desde el punto de vista de su potencial cancerígeno”.- Y en caso de que se declaren cancerígenos ¿provoca esto su prohibición? – En absoluto. Y en cuanto a los pesticidas solo hemos evaluado una treintena de ellos en toda la historia”.

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