Nacida en 1907 y fallecida en 1964, Rachel L. Carson es considerada hoy en día uno de los referentes del movimiento ecologista y una de las primeras voces de denuncia de los abusos de la industria sobre la vida del planeta. No por casualidad, Al Gore, el ex vicepresidente de los Estados Unidos, impulsor de la alerta sobre los efectos del cambio climático, tuvo un retrato suyo en el despacho durante su mandato.  El legado de Carson permanece incólume para las personas concienciadas, a pesar de que algunos críticos cuestionan el alcance de sus deducciones. No obstante, la visión (que ahora llamaríamos sistémica) de Carson continúa siendo uno de los principios básicos para la comprensión de los ecosistemas, fundamentados éstos en una interconexión en la que el ser humano es tan solo un nodo más dentro del amplio y maravilloso manto biológico del planeta Tierra.

Venida al mundo en Springdale (Pensilvania), Rachel Louise Carson tuvo como primer referente el mundo de la literatura, llegando a ganar diversos premios literarios a la temprana edad de diez años, en los que animales y plantas eran sus protagonistas principales. No es de extrañar que enseguida se sintiera fascinada por la biología, y que, junto a cursos sobre composición literaria en el Colegio para Mujeres de Pensilvania, acabara licenciándose con honores en Zoología por la Universidad John Hopkins. Como apunta Nancy Gift, directora del Instituto Rachel Carson de la Universidad de Chatham, en Pittsburgh “Claro que ha habido escritores sobre la naturaleza antes que ella, desde luego, y científicos que estudiaban el mar. Lo que creo que resulta pionero cuando se habla de Rachel Carson es que leía literatura científica y ella lo transformaba en algo lírico y hermoso.” Esa conjunción entre lírica y ciencia sería la que la convertiría en una excelente comunicadora a la hora de exponer la tragedia cotidiana de la destrucción del medio ambiente, convirtiendo sus libros en verdaderos best-sellers y en acertados referentes para la comprensión de un movimiento ecologista incipiente.

De todos modos, su necesidad de informar al público en general de aspectos que afectaban a la naturaleza y a los ecosistemas no llegó de repente. Como a toda persona, su vida privada afectó profundamente el camino de sus disquisiciones. En 1935, la muerte de su padre obligó a Carson a abandonar la universidad para ayudar a la maltrecha economía familiar. Por esa razón entró a trabajar en la Oficina de Pesca de los Estados Unidos, que poco después pasaría a llamarse Administración de Pesca y Vida Salvaje (U. S. Fish and Wildlife Service). Ese el quizás el punto de inflexión en su capacidad para comunicar las diversas reflexiones que la abrumaban en su contacto con la vida natural. De hecho en esta época empezó a publicar diversos textos científicos y guiones radiofónicos que fueron bien recibidos por la crítica y el público, gracias a su síntesis entre divulgación y análisis; y gracias también a su capacidad para dejar traslucir una fervorosa pasión por la Naturaleza y su fascinante funcionamiento.

El océano misterioso

Un trabajo de exhaustivo de investigación, a lo largo de seis años, llevarían a Rachel Carson a publicar, Under the Sea Wind, en 1941, una primera obra que pasaría prácticamente desapercibida para el gran público, pese a ser el trabajo preferido de la escritora. En él, Carson empezaba, de forma incipiente, a describir el funcionamiento interno de los océanos y su mecanismos biológicos, en un momento histórico en que la sociedad (especialmente la estadounidense) se veía abocada preocupaciones de otra índole. Ese mismo año los Estados Unidos entraban en guerra contra las potencias del Eje, por lo que aspectos de calado “ecologista” quedaban muy lejos tanto de las administraciones públicas como de los ciudadanos de a pie. No obstante, demuestra la capacidad visionaria de Carson a la hora de abordar temas que posteriormente entrarían en la agenda de científicos marinos (aunque no tanto de políticos) y que tendrían su momento climático diez años después, con la publicación de su primer éxito de ventas, El mar que nos rodea. Ese libro llegó a conseguir una venta de 200.000 ejemplares durante el primer año de su nacimiento y convirtió a su autora en una celebridad, a pesar de que había sido rechazado durante años por hasta quince publicaciones, entre ellas la prestigiosa National Geographic.

La validez de sus planteamientos y el atrevimiento de sus propuestas científicas llevarían al libro a ganar el National Book Award por la mejor obra de no ficción, y la Medalla John Burroughs. Además permanecería durante 39 semanas en la cabeza de los libros más vendidos y sería traducido a más de treinta idiomas. Como vuelve a apuntar Nancy Gift “Lo que me parece más interesante de El mar que nos rodea es la manera en la que proporciona una perspectiva tan amplia de cómo los océanos afectan a la vida de los humanos, y al mismo tiempo logra convertirlos en algo hermoso y atractivo por sí mismo.” De nuevo esa maravillosa conjunción entre literatura y ciencia para explicar aspectos de la vida de los océanos, impensables para el gran público, que en muchos sentidos son premonitorios. Existe en el libro un pálpito, apenas perceptible, que apunta al calentamiento global y que describe de forma amena aspectos que años después serían descritos por la ciencia como las llamadas “olas gigantes”, que fueron confirmadas gracias a los satélites de observación en 2001, o los extraños sonidos abisales, un elemento este que todavía está rodeado de un halo de misterio.

Pero más allá de suposiciones, Carson fue capaz de concretar científicamente hechos que hasta entonces eran tan solo rumores, como la relación depredador-presa entre cachalotes y calamares gigantes, describiendo con énfasis su hábitat y sus costumbres con un profundo respeto por aquello que narraba y con una capacidad visual y dramática que hizo mella en sus lectores y arrastró a una ingente cantidad de gente a considerar los océanos como algo orgánico y vivo, repleto de misterios y también de respuestas sobre nuestro lugar en el mundo.

El contexto de la posguerra

Con El mar que nos rodea, Rachel Carson se convirtió una bióloga marina de renombre y una excelente divulgadora de temas ecológicos que hasta aquel entonces interesaban tan solo a pocos científicos e iniciados. El éxito comercial de su libro demostró la fuerza de sus conjeturas e hizo evidente la realidad de una opinión pública que no debatía solamente sobre parámetros políticos de la Guerra Fría. No obstante, para el establishment de la época su influencia acababa allí, bajo los océanos y su fauna, aspectos que quedaban muy lejos de las preocupaciones inmediatas de los círculos de poder de Washington. A principios de los años 50, el mundo se preocupaba por otros temas que, en ciertas circunstancias, acababan convirtiéndose en dogmas. El conflicto este-oeste en Europa, la carrera armamentística, la pugna entre capitalismo liberal y socialismo de Estado, el miedo a la conflagración mundial, elementos todos ellos que configuraban una realidad ajena a preocupaciones ambientalistas. El fin de la II Guerra Mundial había convertido a los Estados Unidos en una superpotencia mundial, que lidiaba por la supremacía con la Unión Soviética y que empezaba a poner en marcha los engranajes de lo que el presidente Eisenhower llamaría el complejo militar-industrial, un sistema en muchas ocasiones ajeno (o connivente, según se mire) con la clase política.

La guerra había puesto en manos de ese complejo una serie de innovaciones tecnológicas que serían aplicadas y probadas sobre la población civil, tales como la energía nuclear o la experimentación química, llegando a crear verdaderos complejos industriales ajenos muchas veces al control de los ciudadanos. Es esta la época de la mal llamada “revolución verde”, una sorprendente explosión de la agricultura intensiva y de los monocultivos mediante la aplicación de fertilizantes químicos, que provocan un crecimiento exponencial de productos agrícolas en zonas labradas artificialmente mediante maquinaria pesada. Ese crecimiento acabaría creando un enorme excedente que sería exportado y que crearía enormes beneficios económicos e intereses creados para las grandes multinacionales del sector agrícola. No obstante, el monocultivo tenía un problema, un gran problema. Al crear vastas zonas agrícolas con cultivos similares éstas se veían acechadas por un peligro mayor de plagas de insectos o parásitos, ya que no disponían de las defensas que la propia naturaleza había encontrado mediante la biodiversidad. La solución se encontró en los insecticidas, pesticidas y plaguicidas químicos (especialmente el DDT), pulverizados de forma masiva sobre campos de cultivo, bosques y pastos, con el fin de eliminar de raíz cualquier rastro de insecto que pudiera poner en jaque un sistema productivo tan beneficioso para la gran industria.

Es en esta circunstancia histórica cuando salió a la luz Primavera silenciosa, el último libro de Rachel Carson y el que la convertiría en un referente para el naciente movimiento ecologista. Sin embargo, la creación de esa importante obra no fue fruto de un día, sino que surgió después de quince años de observación, investigación y reflexión, que convertirían aquella mujer tímida, pequeña y solitaria en un verdadero revulsivo para el sistema.

Primavera silenciosa

El primer descubrimiento por parte de Rachel Carson del poder destructivo del ser humano no se dio debido a las intensivas fumigaciones realizadas desde 1945, sino por otro hecho igual de terrible y relevante como la bomba atómica de Hiroshima. Por aquel entonces Carson era tan solo una bióloga que trabajaba para el gobierno y no se había convertido todavía en una escritora de éxito. Como señala Linda Lear, biógrafa de Carson, “Creo que antes [de Hiroshima] ella era una romántica. Creía que la naturaleza estaba fuera del alcance del temperamento humano. Fue la capacidad del hombre para destruir la Tierra lo que cambió ese paradigma”. No obstante, el paso dado por la bióloga para investigar los efectos del DDT y de los diversos plaguicidas fue casi inmediato, en parte por su propia experiencia personal. Ese mismo año, Carson y un colega cercano, el ornitólogo Clarence Cottam, recibieron informes sobre los daños que el DDT estaba causando en Patuxent, un pueblo próximo a la casa que Carson tenía en Silver Spring. En aquel momento, el DDT se consideraba un insecticida milagroso, ya que eliminaba de raíz una infinidad de insectos propagadores de diversas enfermedades como la malaria o el tifus, y que además se le consideraba inocuo para el ser humano. Se había probado con éxito entre las tropas norteamericanas en Filipinas durante la guerra, y su uso civil había sido aceptado rápidamente por las autoridades. Pese a ello, Carson escribió una serie de artículos para la revista Reader’s Digest, criticando su uso y describiendo sus terribles efectos secundarios sobre la naturaleza y sobre las personas. Sin embargo, esos artículos jamás vieron la luz, seguramente porque la publicación intuía la polémica que generaría. Trece años después, en 1958, después de sus éxitos editoriales, recibe una carta de unos amigos que poseen unas tierras en Duxbury (Massachusetts), un santuario de aves, en la que se informaba de los daños ocasionados por una campaña de erradicación de mosquitos con DDT y fuel. Fue entonces cuando inició una investigación de cuatro años, recabando información sobre las consecuencias de los pesticidas sobre la vida natural, llegando a relacionar el uso del DDT con el aumento del cáncer en humanos. El resultado final fue Primavera silenciosa, un libro que se vendió incluso más que sus obras anteriores y que creó una polémica política y social sin precedentes. El mismo New York Times, por ejemplo, tituló su reseña del libro con un sobrecogedor “Hay veneno a nuestro alrededor”.

Primavera silenciosa narra de forma clara y concisa las consecuencias del uso indiscriminado de pesticidas en los monocultivos industriales, explicando de forma didáctica el funcionamiento biológico de las especies y las intrincadas relaciones entre los seres vivos. Para Carson, el DDT y otros insecticidas estaban destruyendo el equilibrio dentro de la cadena trófica, hasta el punto de amenazar, no solamente a los animales mayores como pájaros, peces o mamíferos, sino al propio ser humano, mediante una actitud que para la escritora escondía intereses bastardos de las grandes multinacionales químicas. De hecho, en el libro llegó a decir valientemente que existían “incentivos financieros detrás de ciertos programas de pesticidas”, lo que provocó una airada protesta por parte de esas mismas empresas que, hasta aquel entonces, contaban con el beneplácito de agricultores, gobiernos federales y consumidores y que vieron de la noche a la mañana cómo su política de erradicación de los insectos se veía seriamente cuestionada por la opinión pública.

Llegó entonces la campaña de difamación y descrédito de estas multinacionales hacia Rachel Carson, en un intento de recuperar el terreno perdido y de justificación frente a una sociedad que empezaba a abrir los ojos frente a temas ecológicos. El New York Times y la editorial Audubon, que había publicado el libro, recibieron amenazas y denuncias. Al editor de Audubon, John Vosburgh, le fue comunicado por los abogados de la compañía Velsicol que la publicación de artículos con hechos “no probados” sobre productos de la compañía podría “poner en riesgo la seguridad financiera” de los empleados de la revista y sus familias. Carson fue definida por Montrose Chemical Corporation, uno de los fabricantes de DDT, como “una fanática del culto a la naturaleza”, Ezra Taft Benson, ex ministro de agricultura con el ex presidente Eisenhower escribió una carta alegando que una mujer atractiva pero solitaria como Carson solo podía ser una comunista (¡). Y todo ello mientras Carson luchaba contra un cáncer de mama que le habían detectado hacía pocos meses y que le llevaría a la muerte dos años después, sin haber llegado a cumplir 57 años de edad. Pese a esos esfuerzos por difamarla, el Presidente John F. Kennedy creó un Comité de Asesoría Científica para estudiar el problema. En mayo de 1963 el comité emitió un informe sobre los pesticidas donde se señalaba que aunque el uso adecuado de pesticidas podría considerarse necesario, se requerían más investigaciones antes de rociarlos indiscriminadamente. En última instancia, y después de reiterados ensayos y pruebas que antes se habían obviado o desdeñado, en 1972 se conseguiría la histórica y definitiva prohibición del uso del DDT, así como la creación de la Agencia de Protección Ambiental, la cual desarrolló diversas normas, tales como las Leyes de Agua y Aire Limpios. Sería este el primer paso para conseguir un alcance político del movimiento ecologista y un impulso reformador en la comprensión de la naturaleza y su complejidad.

Éxitos y controversias

En el año 2007, centenario de su nacimiento, Rachel Carson fue considerada una de las cien personas más influyentes del siglo XX por la prestigiosa revista Time. Además, ya fallecida, fue galardonada por el Presidente Jimmy Carter con la Medalla presidencial de la libertad, el más alto honor en Estados Unidos y su nombre se usa frecuentemente para premios de instituciones filantrópicas y educacionales. Con el tiempo, y como sucede con todas las figuras históricas relevantes, su figura es objeto de análisis que llevan tanto a la admiración como a la controversia. De lo que no hay duda es que Primavera silenciosa, su libro de referencia, supuso un despertar de la conciencia ecológica en el mundo, por lo que la escritora es citada a menudo como precursora del movimiento ecologista en muchas de sus facetas y tendencias, que van desde la sostenibilidad, el ambientalismo, el conservacionismo o incluso el ecofeminismo. En todo caso puso sobre la mesa aspectos de enjundia para la sociedad, consiguiendo incluir los temas ecológicos en las agendas políticas y gubernamentales por su explícita referencia a las interconexiones entre naturaleza y ser humano.

No obstante su figura no es netamente aceptada por todos y sus escritos y actitudes han sido analizados desde diferentes ópticas, muchas veces enfrentadas por la controversia política. Una crítica ponderada apareció en la revista Science a los 45 años de la aparición de Primavera silenciosa, y dice lo siguiente: “Silent spring está soberbiamente escrito. La autora ha realizado un estudio exhaustivo de los hechos que hay tras el problema. Sin embargo, no se trata de una revisión judicial o un balance entre los perjuicios y beneficios”. Su autor, I. L. Baldwin, director de la Comisión para el Control de las Plagas y la Naturaleza de la Academia Nacional de las Ciencias de EE UU, critica que Carson no hace ningún intento para mostrar “los muchos beneficios que los pesticidas han producido a la sociedad, y el número incontable de vidas que han salvado debido a la destrucción de los insectos que son vectores de enfermedades”. Pero admite que la obra “puede estimular la investigación de nuevos métodos para el control de las plagas, la producción y el uso de pesticidas y un mayor cuidado para la protección del bienestar público”. De hecho, la misma Carson, a diferencia de sus posteriores seguidores, no reclamó la prohibición total de los insecticidas químicos, al afirmar “No digo que los insecticidas químicos no deban utilizarse nunca, pero sí creo que hemos puesto químicos venenosos y biológicamente potentes de manera indiscriminada en manos de personas que ignoran del todo o casi por completo su potencial para causar daño. Hemos puesto a una enorme cantidad de personas en contacto con estos venenos, sin su consentimiento y, a menudo, sin su conocimiento.” Lo que hace la bióloga, por lo tanto, es reclamar un mayor estudio de temas complejos que afectan al desarrollo natural, intentando buscar una solución de compromiso en la que todos salieran beneficiados.

A pesar de su moderación, el eco de Primavera silenciosa llega hasta nuestros días y se introduce en el quehacer político cotidiano de forma a veces furibunda. Mientras Al Gore reconoce la enorme influencia que tuvo en su particular cruzada ambiental, el senador por Oklahoma Tom Coburn bloqueó una iniciativa para honrar la memoria de Carson. Su argumento: fue la responsable de la estigmatización de los pesticidas y la culpable de que el DDT se dejara de usar en ciertas zonas críticas afectadas de malaria, una enfermedad que mata entre uno y dos millones de personas cada año, la mayoría niños. El escritor de ciencia-ficción Michael Crichton es más taxativo. En su web afirma que la prohibición del DDT es “uno de los episodios más desgraciados de la historia del siglo XX en América”, ya que “ha causado la muerte de decenas de millones de personas, la mayoría gente pobre”.

Figura importantísima dentro del movimiento ecologista y referente para infinidad de personas amantes de la naturaleza, lo que deberíamos destacar de Rachel Louise Carson es, no tanto su visión de los condicionantes que podían dañar la naturaleza (quizás hoy en día con argumentos un tanto superados), como su actitud frente a aquello que consideraba injusto y obsceno. Su capacidad para hacer comprensible la imbricación entre la vida natural y la humana es esencial para comprender la posterior evolución del ecologismo, y su lucha casi en solitario frente a la industria química todavía levanta ampollas entre sus sucesores y entre los responsables de las multinacionales que usan su fuerza industrial sin responder de sus consecuencias. Solo por eso, por esa tozudez frente a los poderosos, Rachel Carson puede considerarse como un ejemplo de coherencia personal en la búsqueda de un mundo mucho mejor, más sostenible, más respetuoso y también más bello. “La belleza del mundo viviente al que estaba tratando de salvar siempre ha ocupado el primer lugar en mi mente; eso, y mi enojo contra las acciones insensibles y salvajes que se llevan a cabo”, escribió Carson a un amigo. “Ahora puedo pensar que he contribuido en algo”. En un mundo irrespetuoso y soberbio como en el que ella vivió (y en el que todavía vivimos), tuvo la decencia y la lucidez de afirmar “Aún se habla en términos de conquista. Aún no hemos madurado lo suficiente como para vernos como la parte infinitésima de un universo increíblemente vasto. La actitud del ser humano hacia la naturaleza es de fundamental importancia, simplemente porque hemos adquirido el poder funesto de alterar y destruir la naturaleza. Pero el ser humano es parte de la naturaleza y su guerra contra ella es, inevitablemente, una guerra contra sí mismo.

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